foto de Chris Rice
Foto cortesía de Chris Rice

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“Encontramos a Dios en el rostro de un extraño. Esa es, en mi opinión, la mayor y más contraintuitiva contribución de la Biblia hebrea a la ética. Dios crea la diferencia; por lo tanto, es en el ‘uno-que-es-diferente’ donde encontramos a Dios”.

Rabino Jonathan Sacks, en La dignidad de la diferencia

Durante mi primera visita a Oriente Medio en octubre, cuanto más viajaba por el Líbano y Jordania, más fuerte era el lamento que escuchaba sobre las profundas divisiones en la región. En Amán, me reuní con el líder de una respetada ONG. Su organización ha invertido millones y millones de dólares en labores humanitarias en los últimos años, incluyendo un importante apoyo a los refugiados de la guerra en Siria y del traslado forzoso de Israel-Palestina.

“Pero la situación sigue siendo la misma,” dijo. “Sin paz no hay cambio. Estamos repitiendo lo mismo. Tenemos que cambiar algo en la sociedad”. Y luego agregó: “La cuestión imposible es trabajar por la paz. Porque no depende solo de ti”.

Esas palabras me atormentan. En tantos lugares de nuestro mundo actual, la paz es a la vez un asunto necesario y un asunto imposible. Y sin ella, de tantas maneras, seguimos repitiendo lo mismo. ¿Por qué se resiste la paz? ¿Puede la posibilidad interrumpir la imposibilidad?

Tal vez algunas pistas provengan de una nueva mirada a una historia familiar contada por Jesús a no muchos kilómetros de distancia de donde conocí al líder de la ONG jordana. La historia (recogida en Lucas 10, 25-37) es la respuesta de Jesús a la pregunta de un abogado: "¿Y quién es mi prójimo?" Jesús habla de un hombre que camina por Jericó y es atacado, despojado y dado por muerto por unos ladrones. Dos líderes religiosos judíos pasan, lo ven, pero no se detienen a ayudar. Pero un samaritano que pasaba por allí se detiene, le cura las heridas y lo lleva a una posada en su burro.

El erudito Ken Bailey observó que, al ser Jesús un judío de Oriente Medio, la historia está impregnada de una cultura que encontraba el relato profundamente perturbador. Para el abogado y los que lo escuchaban, el prójimo “se limitaba a los ‘hijos de tu propio pueblo’”, a los demás judíos de tu propia familia o ciudad. No había obligación de ayudar a la víctima. Pero el samaritano responde sin conocer la identidad religiosa y étnica de la víctima. Lo que añade indignación a los oyentes, dice Bailey, es que los samaritanos eran un grupo despreciado, lo que hace que el héroe de la historia no sea un buen judío, sino un forastero repulsivo.

En otras palabras, se trata tanto de un relato sobre la acción incondicional en favor de cualquier persona o grupo —ya sea un extraño, un forastero o un “otro” despreciado — que sufre una injusticia (el robo y la golpiza) como del conflicto entre grupos que se desprecian mutuamente. Es a la vez una historia de “samaritano justo” sobre la curación de las heridas físicas, y una historia de “judío contra samaritano” sobre la curación de las heridas sociales. Los dos que pasan son más leales a “mi pueblo” que a una visión moral. La curación solo es posible traspasando esos límites. Jesús cambia la pregunta de “¿Y quién es mi prójimo?” a “¿De quién debo hacerme prójimo?”. La curación de las heridas puede requerir un inquietante cambio de identidad.

La historia de Jesús ofrece otra razón por la que la paz parece imposible: curar las heridas es costoso. Bailey escribe que el samaritano “está utilizando todos sus recursos disponibles (aceite, vino, una venda de tela, un animal de montar, tiempo, energía y dinero) para atender al hombre herido”. Además, un “samaritano no estaría seguro en una ciudad judía con un [herido] sobre el lomo de su animal de montar”. Al transportar al hombre a una posada en territorio judío sus acciones no solo son materialmente costosas, sino que también ponen en riesgo su propia vida.

Convertirse en un prójimo más allá de las divisiones requiere una costosa implicación personal. Este costo ha sido descrito sucintamente en relación con el racismo en Estados Unidos por el sociólogo de Harvard Orlando Patterson, quien dijo que si bien ve “un progreso extraordinario en el cambio de actitudes de los estadounidenses blancos hacia los negros y otras minorías”, muchos “no están dispuestos a hacer las concesiones que son importantes para la mejora de la vida de los negros”. El columnista del New York Times, Charles Blow, lo expresó con más contundencia durante las marchas de protesta tras el asesinato de George Floyd en el 2020: “Muchos blancos se han conmovido con el movimiento actual, pero ¿cómo responderán cuando la verdadera igualdad amenace sus privilegios?” En el samaritano, Jesús nos da una visión de solidaridad con sacrificio.

El relato de Jesús también nos invita a imaginar los obstáculos más profundos que se interponen en el camino de la paz, como hizo el Dr. Martin Luther King Jr. en un discurso de 1967:

Por un lado, somos llamados a ser el buen samaritano a un costado del camino de la vida, pero ese es solo el primer paso. El segundo es asegurarnos de que el camino a Jericó sea transformado para que nadie sea golpeado y robado al pasar por el camino de la vida. La verdadera compasión es más que arrojarle una moneda a un mendigo. Es el darse cuenta de que la edificación que produce mendigos requiere reconstrucción.

Los actos individuales de misericordia por sí solos no pueden aportar una profunda curación física y social. El líder jordano que conocí, él mismo refugiado palestino de tercera generación, dijo que su abuela le contaba muchas historias de cómo palestinos y judíos (y también cristianos, judíos y musulmanes) convivían pacíficamente antes de que Israel se convirtiera en una nación en 1948. Pero para convertirse en una nación de amor al prójimo, Israel debe abordar décadas de políticas injustas e ilegales según el derecho internacional, que han perjudicado y alienado a los palestinos. Y hoy los libaneses pueden ir a la cárcel en su país si se encuentran con israelíes, y la ley israelí trata al Líbano como un estado enemigo. En cualquier contexto similar —desde la imposibilidad de que los norcoreanos y los coreanos estadounidenses se reúnan, hasta los uigures perseguidos en China, pasando por las trayectorias de discriminación racial en Estados Unidos—, estas estructuras suponen grandes obstáculos para convertirnos prójimos por encima de las divisiones.

El autor Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto, escribió que “debemos tomar partido. La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima. El silencio anima al atormentador, nunca al atormentado”. También pienso en mi mentor coreanoestadounidense Syngman Rhee, que cruzó a Corea del Norte en busca de la paz y fue llamado traidor por muchos de los suyos. “Ser un pacificador es ser un puente”, dijo. “Y los puentes se caminan desde ambos lados”.

Tomar partido contra la injusticia o ser puentes entre grupos divididos: ¿debemos elegir? En el relato de Jesús, estas llamadas no se oponen, sino que, como el pulgar y el índice, son partes opuestas que solo si se mantienen unidas pueden llevar la llamada de la paz con justicia.

Esa llamada perturba las identidades que impiden ser prójimo de los que no son “mi pueblo”, y tiene un alto costo. De hecho, tanto el presidente egipcio Anwar Sadat (en 1981) como el primer ministro israelí Yitzhak Rabin (en 1995) fueron asesinados por conciudadanos cuando traspasaron los límites de la justicia y la paz aceptables entre árabes e israelíes. Por no hablar del costo que soportó quien contó la historia del samaritano, que más tarde, “por el gozo que le esperaba, soportó la cruz” (Hebreos 12, 2).

Sin ese tipo de pacificación, en palabras de mi nuevo amigo jordano, ¿no seguiremos repitiendo lo mismo una y otra vez?