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Carta escrita por un niño de 9 años a su madre, de quien fue separado en la frontera.

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En la víspera del Día de la Madre, la administración Trump formalizó la política de separar a la fuerza a los niños y niñas inmigrantes de sus padres en la frontera entre EE. UU. y México, una práctica que, en los últimos meses, ya ha llevado a la separación de cientos de familias.

La nueva política es una cruel respuesta a los inmigrantes que buscan asilo (seguridad) en Estados Unidos, muchos de los cuales son madres con hijos pequeños que huyen de la violencia de las pandillas y la violencia doméstica en Centroamérica. Está diseñada como medida de disuasión para que las familias no vengan a EE. UU., pero solamente agrava el trauma que ya han debido soportar estas familias.

Bajo esta política, la cual se aplica a cualquiera que cruce por fuera de los puertos de entrada, los padres son llevados a centros de detención de adultos, mientras que los niños son enviados a vivir con parientes o a albergues para menores no acompañados (y posiblemente, en el futuro cercano, a bases militares). Detener a los padres y a los hijos de esta manera cuesta en promedio $620 por día, en comparación con los $5 por día que cuestan los programas de Alternativa a la Detención.

Los padres también serán procesados por ingreso ilegal y, en algunos casos, por trata de niños. Cuando una madre lleva a su hijo o hija en un peligroso viaje con la esperanza de encontrar seguridad en EE. UU., no es trata de niños. Es un acto de valentía que busca poner a su hijo a salvo. Además, cruzar la frontera de esta manera no es un acto ilegal. El derecho a solicitar asilo está reconocido en el derecho internacional y en la legislación de EE. UU.

Una pastora menonita compartió la historia de Delia*, una buscadora de asilo a quien visita regularmente en un centro de detención y que fue separada a la fuerza de su hijo. Delia cruzó la frontera con su hijo de 9 años hace 10 meses. Poco después de su llegada, oficiales de la Patrulla Fronteriza se llevaron a su hijo, diciéndole: “Es posible que nunca lo vuelvas a ver”. El hijo de Delia fue enviado al otro extremo del país a vivir con su tío, quien no estaba preparado para cuidar de un niño él solo. El niño le escribe a su madre: “Te extraño, mamá. Te quiero tanto. Debemos ser fuertes tú y yo, mamá. Quiero que salgas, mamita, porque te extraño… Pero tenemos que ser fuertes, mamita”.

Desde octubre, más de 700 niños y niñas han sido arrebatados de esta manera a sus padres, incluidos más de 100 que son menores de cuatro años. Mirian fue separada de su hijo de 18 meses cuando llegaron a la frontera en febrero. Una trabajadora social del albergue adonde lo llevaron le dijo a Mirian que “lloraba todo el tiempo” y estaba sufriendo de una enfermedad.

Cuando la señorita L* cruzó la frontera con su hija a fines del año pasado, funcionarios de inmigración encontraron que ella tenía un miedo creíble a la muerte o la persecución si era enviada de regreso a su país de origen. Sin embargo, su hija de 6 años le fue arrebatada y mantenida en un albergue por cuatro meses. La pequeña cumplió siete años, sola y asustada en un país extraño, y fue liberada solamente gracias a una demanda judicial y a que atrajo la atención de los medios.

En Mateo 18, Jesús dijo: “Miren que no menosprecien a uno de estos pequeños. Porque les digo que en el cielo los ángeles de ellos contemplan siempre el rostro de mi Padre celestial… Así también, el Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños”.

Nada se gana con arrancar a los niños y niñas del cariño de sus padres, pero es tanto lo que se puede perder. Envíe una carta a la Casa Blanca y a sus miembros del Congreso alentándolos a mantener a las familias unidas.

 

* Nombres cambiados para protección de su identidad.