Foto CCM/Brenda Burkholder

Este letrero de jardín fue ideado por la Iglesia Menonita Emanuel de Harrisonburg, Virginia, y ha sido reimpreso en lotes por personas a lo largo y ancho de Estados Unidos.

En ingles. 

Mientras el Congreso de EE. UU. decide si protegerá o no a los Soñadores (“Dreamers”) —inmigrantes que fueron traídos a Estados Unidos siendo niños indocumentados—, los legisladores se han enzarzado una vez más en un debate acerca de los méritos relativos de las diferentes categorías de inmigrantes.

En septiembre, la administración Trump anunció el fin de un programa que protegía a los Soñadores de la deportación. Se han presentado varios proyectos de ley en el Congreso para restaurar estas protecciones, incluida la Ley Dream, la cual proporcionaría una vía hacia la obtención de la ciudadanía.

La Casa Blanca y algunos miembros del Congreso quieren que la Ley Dream (o alguna legislación semejante) vaya acompañada de muros fronterizos adicionales, miles de oficiales de control migratorio adicionales y otras políticas antimigratorias. Los defensores de los inmigrantes están llamando a la aprobación de una “Ley Dream limpia” que no incorpore dichas medidas, y no están dispuestos obtener la protección de los Soñadores a cambio de políticas que pondrían a sus padres y a muchos otros inmigrantes en un mayor riesgo de ser detenidos y deportados.

Durante la administración Obama, los Soñadores solían ser exaltados como inmigrantes modelo: jóvenes que fueron traídos a Estados Unidos “sin tener la culpa de ello”. Tal vez de manera no intencionada, afirmaciones como estas demonizaban a los padres que los trajeron a EE. UU. con la esperanza de darles una vida mejor, así como a otros inmigrantes que han llegado al país debido a una diversidad de circunstancias.

Del mismo modo, la política de Obama contra “delincuentes, no familias” prometía concentrarse en los inmigrantes que fueran una amenaza para la seguridad pública y no en las familias con hijos. Pero, en realidad, su administración deportó a miles de mamás y papás que tenían condenas antiguas por delitos no violentos.

Esta tendencia de celebrar a los “buenos” inmigrantes y rechazar a los “malos” resulta tentadora para los políticos que buscan la negociación de soluciones intermedias, y en ocasiones también para los defensores de los inmigrantes. Pero, al adoptar esta postura, perdemos valiosas oportunidades para cuestionar los falsos discursos acerca de los inmigrantes.

En lugar de promover políticas para perseguir a los inmigrantes “peligrosos” y dejar que los “seguros” se queden, la administración Obama podría haber trabajado para erradicar la noción de que los inmigrantes son una amenaza para la seguridad pública, publicitando las abundantes estadísticas que prueban que los inmigrantes cometen menos delitos que los individuos nacidos en EE. UU. En lugar de abrir nuevos centros de detención familiar y tachar a los padres de insensatos por enviar un hijo o hija a EE. UU., podrían haber hablado con honestidad acerca de las bandas criminales y la violencia doméstica en Centroamérica y haber explicado las reales amenazas que las familias y los niños enfrentan en sus países.

Estas lecciones son importantes hoy, cuando la administración Trump toma como base el discurso ya existente, criminalizando aún más a los inmigrantes, diciendo que los adolescentes de Centroamérica son miembros de peligrosas bandas y llevando padres a los tribunales por haber “traficado” sus hijos a EE. UU.

Jesús no temió confrontar los falsos discursos de su tiempo, cuestionando las nociones convencionales de quién es el enemigo y quién el prójimo, de quién debía ser exaltado y quién humillado. Sus exhortaciones a cuidar de los pobres, los presos y los extranjeros (Mateo 25:31-46) nos sirven como perdurables recordatorios para que cuestionemos las políticas gubernamentales que rechazan a aquellos que migran, aquellos que han sido condenados por delitos y aquellos que enfrentan grandes dificultades para obtener su sustento.

Nuestro trato hacia las personas que la sociedad considera “los más pequeños de estos” refleja cuánto valoramos a Jesús mismo.

Todos podemos aportar al cuestionamiento de los falsos discursos, alentando a nuestros legisladores y a nuestras comunidades a ver a los inmigrantes —todo tipo de inmigrantes— como bendiciones y no como cargas, como personas que tienen mucho que ofrecer, y como hermanos y hermanas en el reino de Dios.